GRANDES POTENCIAS EUROPEAS EN EL SIGLO XIX

Francia: de Napoleón III a la III República

La revolución de 1848 acabó con la monarquía de Luis Felipe de Orleans e implantó la II República francesa. Luis Napoleón Bonaparte fue elegido presidente de la República y su objetivo fue transformar la República en Imperio. En 1851 dio un golpe de Estado con el apoyo de los sectores más conservadores. En 1852 proclamó el II Imperio francés y se coronó emperador con el apoyo del ejército y la gran burguesía de los negocios. Su gobierno fue personalista basado en el orden, el crecimiento económico y la persecución de la oposición.

La situación económica permitió una cierta paz social: se hicieron grandes obras públicas (ferrocarril, canal de Suez, etc.), creció la industria y se promulgaron leyes para proteger a los obreros (hospitales, pensiones, etc.). Las diferencias sociales y la falta de libertades mantuvieron una fuerte oposición al II Imperio. Luis Napoleón emprendió también una política exterior intervencionista (expedición a México en apoyo de Maximiliano I, anexión de Saboya y Niza) que culminó con la declaración de guerra a Prusia. La derrota francesa en Sedán frente a Prusia (1870) provocó la caída de Napoleón III y la proclamación de la III República.

En marzo de 1871 una revuelta proletaria estableció un gobierno revolucionario en la ciudad de París, la Comuna, hasta mayo de 1871, cuando el presidente del gobierno francés, Adolphe Thiers, ordenó al ejército terminar con los insurrectos.

Los inicios de la República fueron difíciles pues amplios sectores de la sociedad francesa veían el republicanismo como un sistema radical y anticlerical. Al final, la República terminó contando con el apoyo de la mayoría del pueblo francés pues se restauraron las libertades públicas, se instauró el sufragio universal, se legalizaron los sindicatos obreros y se aprobaron medidas sociales (jornada laboral para las mujeres y los niños, ley sobre accidentes laborales…).

En 1905, se promulgaron leyes destinadas a reducir la influencia social de la Iglesia, con la separación de la Iglesia y el Estado.

En el exterior, Francia extendió su influencia colonial en África y Asia, pero seguía sin resolverse su contencioso con Alemania: la pérdida de Alsacia y Lorena que Francia deseaba recuperar.

 Gran Bretaña: la era victoriana

Gran Bretaña era una monarquía constitucional. Durante más de sesenta años la reina Victoria I reinó (1837-1901) y dio su nombre a la era victoriana caracterizada por el progreso económico y la estabilidad política, protagonizada por dos grandes partidos políticos, el conservador o tory, liderado por Benjamín Disraeli, y el liberal o whig, dirigido por William E. Gladstone.

A través de varias reformas electorales (1832, 1867 y 1884), las Reform Act, se fue ampliando la cifra de electores, pero hay que esperar a 1918 para el sufragio universal.

Además, la Parliament Act limitó los poderes de la Cámara de los Lores (no elegida) y aumentó los de la Cámara de los Comunes (única elegida por sufragio).

A comienzos del siglo XX, los liberales presionados por el Partido Laborista aprobaron un programa de bienestar social (seguros contra enfermedades, accidentes, vejez y desempleo). 

La época victoriana fue un periodo de gran prosperidad y puritanismo. Se practicó una política exterior de aislamiento junto con una expansión imperialista que culminaría con la proclamación de la reina Victoria como emperatriz de la India en 1877.

El problema político más grave de Gran Bretaña fue Irlanda que deseaba separarse de Gran Bretaña.  En 1914, fue concedida la autonomía a Irlanda, pero el Ulster, Irlanda del Norte, se apuso a ser incluida en una Irlanda autónoma. Durante la Primera Guerra Mundial se suspendió la autonomía y la Irlanda católica (Eire) recibió el estatus de Dominio en 1922 adquiriendo su independencia.

El Imperio alemán

En 1870, tras el proceso de unificación, Alemania inició la construcción del nuevo Estado y se convirtió rápidamente en una gran potencia. La Alemania del II Reich se forjó con el canciller Bismarck y el káiser Guillermo I (1871-1888).

El régimen político basado en la Constitución de 1871 tenía un componente autoritario. Existía sufragio universal masculino, solo para la elección de la cámara baja. Tenía una estructura federal: 25 Estados con administración propia salvo en cuestiones de política exterior, defensa, hacienda, comunicaciones, prensa y asociaciones que quedaban bajo la competencia del gobierno central en Berlín.

Sin embargo, Prusia poseía más diputados que los otros Estados en la cámara de los Estados (Bundestag) elegida por sufragio censitario.

El káiser podía nombrar a sus ministros solo responsables ante el emperador. Las fuerzas políticas dominantes eran las conservadoras, aunque el Partido Obrero Socialdemócrata Alemán se fue imponiendo entre los trabajadores. Bismarck adoptó una serie de reformas sociales que favorecían a las clases populares: leyes de seguro de enfermedad, de accidentes de trabajo, de pensiones, etc.

En 1888 fallece el emperador Guillermo I siendo su sucesor Federico III, enfermo de cáncer que moriría meses después.  Guillermo II sucedió a Federico III el mismo año, 1888.

Guillermo II destituyó a Bismarck por diferencias en política internacional a favor de un nuevo reparto colonial en 1890. La agresiva “política mundial” de Guillermo II liquidó el sistema bismarckiano de alianzas y favoreció la política de bloques previos a la Primera Guerra Mundial. 

 El Imperio Austrohúngaro

El Imperio austríaco era un Estado multinacional bajo la corona de los Habsburgo. Dentro del Imperio vivían pueblos muy diferentes entre sí: alemanes, húngaros, rumanos, italianos y eslavos (del norte: checos, polacos y eslovacos; y del sur: eslovenos, croatas y serbios).

Esta heterogeneidad de pueblos restaba solidez al Estado imperial cuya política era centralista y unificadora. Desde 1848 hasta su muerte el Imperio estuvo dirigido por el emperador Francisco José I quien siguió una política centralista, sin aceptar peticiones de autogobierno como la de los húngaros.

Tras la derrota frente a Prusia (1866), el Imperio austríaco se convertía en una monarquía dual: del Imperio de Austria al Imperio de Austria-Hungría, formado por dos grandes Estados donde Francisco José I era emperador en Austria y rey en Hungría.

Cada uno de los dos contaba con una administración y un Parlamento propio. El compromiso era bueno para los alemanes (de Austria) y magiares (de Hungría), pero desventajoso para los eslavos y Serbia.

Rusia se aprovechó de esto desarrollando un nacionalismo en Serbia que puso en peligro la estabilidad del Imperio de Austria – Hungría que desencadenará la Primera Guerra Mundial y la liquidación del Imperio en 1918.

El imperio ruso

El imperio ruso era un Estado pluriterritorial que abarcaba desde Europa Central hasta el Pacífico y desde el océano Glacial Ártico hasta el mar Negro y tenía un carácter multinacional porque estaba formado varias nacionalidades. Era un imperio autocrático donde el zar gobernaba como un monarca absoluto de origen divino. Sus decretos eran aplicados por una fuerte administración civil y militar.

La oposición – liberales, demócratas, populistas, anarquistas, marxistas – era reprimida con firmeza y sus líderes debían exilarse o pasar largas temporadas en Siberia bajo vigilancia.

Alejandro II sucedió a su padre y aplicó una política reformista. Entre sus medidas destacaron:

  • Liberalización de los siervos (campesinos dependientes de sus amos) en 1861.
  • La reforma judicial.
  • Cambios en enseñanza.

En 1881, el zar Alejandro II murió por un atentado terrorista sucediéndole su hijo Alejandro III, que reinó hasta 1894. El nuevo zar decidió frenar el proceso de reformas cuando el país empezaba a conocer un proceso de industrialización y con él comenzaba un proletariado industrial, que más adelante, con Lenin a la cabeza sabrá movilizarse. Sucedió a Alejandro III su hijo Nicolás II (1894-1917) dispuesto a mantener la autocracia.

Mientras el país cambiaba socialmente (desaparecen los siervos y aparece el proletariado industrial) y económicamente (avance industrial, desarrollo de los transportes, formación de un mercado nacional…) no lo hacía políticamente. El zarismo seguía con políticas absolutistas. Los problemas llevaron al proceso revolucionario que, iniciado en 1905, desemboca en la caída de la monarquía y el final del Imperio en 1917.

 La “cuestión de Oriente” y el Imperio turco

La “cuestión de Oriente” es como se denomina al más complicado problema de política internacional hasta 1914, problema surgido de la descomposición del Imperio turco y de la pugna por dominar los territorios que ocupaban en la zona de los Balcanes.

En el siglo XIX, el Imperio turco era un estado débil. Sobre sus territorios balcánicos se proyectaron los objetivos expansionistas de dos potencias: Austria-Hungría y Rusia.

Los diversos pueblos europeos dependientes del Imperio turco aspiraban también a crear su propio Estado independiente: griegos, serbios, búlgaros y rumanos. El resultado fue la pérdida de territorios del Imperio turco: Grecia (en 1830), Serbia (en 1830, confirmada en 1878), Rumanía (en 1856), Montenegro y Bulgaria (en 1878). A partir de la década de 1880 Turquía ha desaparecido prácticamente de los Balcanes, pero los nuevos países (Serbia, Bulgaria, Grecia y Montenegro) lucharon por extenderse por ese espacio, rivalizando entre ellos.

Paralelamente, el Imperio austrohúngaro y el Imperio ruso mantuvieron una política destinada a aumentar su influencia en la zona. Las diferencias terminaron creando un clima de hostilidad que llevó al estallido de la Primera Guerra Mundial. 

 

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